domingo, 17 de octubre de 2010

¡Toquen con las manos, señores!

Sábado, 10 de la mañana. Hacía un día típico del penúltimo día de la semana: el Lorenzo resplandecía y en las olas se podían ver reflejados cada rayo de luz. ¡El mar brillaba, señores! 
Si alguna vez pierdo la noción del tiempo y amanezco en un día como éste, sabré seguro que es sábado. 
Escribiendo esto, mi toalla de la playa me ha venido a la mente -a lo mejor suena ridículo decir que es amarilla, pero es la verdad-.

Escuchando The New Raemon y LOL, el invierno parece que me pisa los pies. Canciones sobre cafeteras, catástrofes, imanes, siestas, variables y Garfunkel me dejan entrever el abrigo de invierno mientras estoy tumbada en mi cama envuelta en una manta roja cual 'cocreta' (véase croqueta, en honor a J.) consultando la previsión meteorológica para mañana (Mr.Molina prevé una mínima de 9º y una máxima de 18º). Pero ni eso consigue ponerme triste, aunque saber que en otro hemisferio hay chicas en bikini y chicos con el torso mojado en la playa me toca bastante las narices.
Lo primero que se me enfría cuando llega el ¿mal? tiempo son las manos. Siempre las tengo frías y la gente se enfada con ellas cuando les toco. Nadie sabe lo que disfruto cuando simplemente rozo alguna espalda con mis manos frías, congeladas-congeladas.

Con mis manos no sólo recuerdo el frío, también mis días de calor. Todo lo que solía tocar pensando que era mío, lo fuera o fuese o no. Pondré de ejemplo un libro, tu pelo, un vaso de agua, un radiocasete. A veces me río sólo con pensar. Tocar estas pequeñas cosas son las que me hacen feliz. 

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